La ViA De uN gUeRReRo [bUsHido] "Shinu Kikai O Motomo"

domingo, enero 22, 2006
Mi espada sigue empolvada...
Mi espada sigue empolvada, espera ansiosamente... otra guerra, otro campo de batalla... otra oportunidad de sentir fuego en las venas, de creerse Dios y esclavo al mismo tiempo, de sentir miedo con el valor de seguir adelante, por un sueńo... por un ideal, por un estilo de vida, por un imperio, por la casita*; sin importar cuanto se sangre, cuanto riesgo se corra, cuán osado pueda ser enfrentarse a un ejército infinitamente mayor, lanzándose al vacío...

Sí!, ˇperdí la guerra!, ˇdejando a un imperio en ruinas!, hoy sólo queda la leyenda de su existencia: *****, un imperio que nació casi de la nada, en medio de la guerra, pero, que rápidamente se vislumbró poderoso para sus vecinos y enemigos. Su fuerza, residía en la magia y el arrojo de sus dos emperadores (y precursores), quienes ejercían, por tratarse de un imperio naciente, también las funciones de shogunes en el campo de batalla, dirigiendo a su limitado pero poderoso ejército, y manchando sus espadas con una creciente mezcla de sangre, exponiendo su vientre igualmente al filo enemigo.

Fueron tantas batallas..., tanta sangre derramada, tantas heridas recibidas, tanto fuego destructor, tantos pequeńos triunfos, tantas pequeńas derrotas, tanto miedo, tanto valor...

Tantos errores cometidos también... errores de visión, de estrategia y de proceder, errores de cada uno de los dos..., errores que nos alejaron y por ende el fin del imperio, y por ende la casita. Así, no sólo debíamos librar las acostumbradas batallas, sino manejar nuestras disputas internas, conflictos más enardecidos y desgastantes que los sangrientos enfrentamientos que encarábamos como una sola fuerza.

En la batalla decisiva el imperio estaba dividido. Las esperanzas, sueńos, deseos y planes de cada uno eran muy diferentes. Aún así, en primera línea, los corceles de los dos emperadores marcharon con decisión al campo de batalla, sus jinetes, guiando un ejército de samuráis bajo una sola bandera, estaban dispuestos a dar la vida por la victoria.



Ya en el curso de la batalla, con la bandera en una mano y la espada en la otra, cabalgaba entre el rugir del metal, avanzando fieramente en medio de un salpicar de sangre y gritos de furia y desesperación. Mi espada, rápidamente y sin sufrimiento, aplacó numerosas vidas de fieros guerreros, los cuales, también provocaron algunas heridas que, aunque leves, eran dolorosas. No obstante, nuestro enemigo contaba con un ejército no sólo más numeroso, incluso contando con fuerzas de mercenarios extranjeros, sino mejor armado y más experimentado. A nuestro favor contaba el valor, el coraje, el espíritu guerrero y la determinación de luchar por una visión.


Así, en los primeros momentos de la batalla sufrimos considerables bajas. Como estrategas militares, habíamos errado tácticamente. Al ver el desastre, nuestros gritos uno al frente del otro, agitados por el calor de la guerra, no lograron sintonía. Separándonos, cada uno dio órdenes distintas a las legiones a su cargo. Sorprendentemente, y sin saber gracias a las órdenes de quien, nuestra milicia gano posición, cobro víctimas y disminuyó su número de abatidos. Aun así, la balanza no se acababa de inclinar a nuestro favor, aunque nuestra fuerza armada resultaba cada vez más impenetrable, sólida y amenazante para nuestros adversarios.
Luego de un largo lapso de tiempo de lucha, muerte y agotamiento, nuestro enemigo, que hasta ese momento estaba ganando el cruento combate, no por mucho ni por poco, inexplicablemente decidió sonar la retirada.

Ya, sin tropas enemigas en el campo, no nuestro sentir se vio confundido. Sabíamos que aunque no fuimos derrotados, tampoco ganamos la batalla contra un enemigo que resultó más poderoso que nuestra especulación. Sin más, nuestro ejército regresó al imperio.

Nosotros por nuestra parte, dos generales bańados en sangre, fuimos a cabalgar por nuestra cuenta en la soledad de terrenos sin seńor, en silencio. Finalmente desmontamos. El silencio se rompió. Me miraste a los ojos, y, tras un movimiento rápido sentí un inmenso dolor en mi vientre, tu cara de desesperación, mi dolor, tu mano en la empuńadura que cortaba mis entrańas, mi dolor, tus iracundas palabras justificando tu acto, mi dolor, tu mano en la empuńadura: un cuerpo llorando en rojo. Te miro a los ojos, con tristeza, desconcierto, secas lágrimas corriendo en silencio primero, gritos mudos en llanto y sufrimiento después.
Un mar de luz oscureció mis ojos, un tronar incesante ensordeció mis oídos, un viento helado y cortante lanzó mi cuerpo inerte, ciego y ensordecido, al fangoso suelo.

Al despertar entre el barro, lloré. Aunque no permitido para un samurai, como evitarlo? no podía creer que tu infamia fuera real. Pero mi herida lo era. Aunque no siendo mortal, me quitaba la vida de a poco. Ahora sé, que no quisiste hacer un corte letal. Aunque, en esos instantes lo hubiese preferido. Pude desenvainar mi espada corta, ponerme en posición y hacer seppuku para morir con honor. Pero no. Esperaba volver. Encontrar que tu traición fuera sólo un acto de demencia, y que, volviendo de ésta, arreglaríamos nuestras diferencias y viviríamos como antes.

Arrastrando mi cuerpo durante días gritando tu nombre, finalmente, llegue a las puertas del imperio. Mis ojos en el piso se dieron cuenta que todo había cambiado. Al percibirte, mis oídos sólo escucharon profanación contra el imperio, contra la casita, contra mí. Los que creía leales, tus oficiales cercanos, arremetieron en mi contra, uno después de otro. No quise pedir ayuda, con el poco aliento que me quedaba mi espada pudo bloquear sus ataques, sin anticipar, sin contraatacar, sólo defensa. Sabía que si los hería, también a ti. No lo deseaba.

Rápidamente el imperio se desmoronó. No se si lo amabas o lo odiabas, pero quisiste acabarlo, y yo, en mi dolor no quise hacer nada para impedirlo; si querías destruirlo todo, incluyendo el profundo lazo invisible que nos unía, nada tenía sentido.

Una noche, de golpe, se abrieron las puertas de la fortificación. Cientos de sombras hicieron una fiesta de fuego y sangre. El caos se apodero de todo. No apareciste. Yo, era sólo un fantasma, sin aliento, sin ki, sin vida. Sin una voz de mando, el imperio se consumió en muerte, fuego y destrucción. Esa noche, mi lucha sin alma ni esperanza fue inútil. Con tristeza observe como no sólo sombras contrarias nos saqueaban, sino como también había entre nosotros desleales traidores que, aprovechando el momento, no dudaron en chupar sangre hermana para propio alimento.

En la mańana todo era ruinas. Pese a todo, los guerreros y pobladores leales que quedaban con vida eran los suficientes para reconstruir el imperio y su ejército. Grite tu nombre. No respondiste. Te buscaba. No apareciste. Cuando te recordaba, miraba mi herida aún abierta. Cuanto más lo hacía, más se agrandaba, más punzaba, más lastimaba, más intensificaba su dolor, más me dejaba sin ki; sin poder. Alucinante de sufrimiento, quería abandonarlo todo, escapar, destruir. No tenía la fuerza de reconstruirlo todo sólo. No obstante seguí allí, inmerso en un profundo letargo, en desnudez absoluta.

Un día, miles de cuerpos resplandecientes hicieron aparición en los campos circundantes del abatido imperio. No era imposible resistir al ataque, pero se requería una estrategia de defensa brillante, y más aún, una espada líder lo suficientemente poderosa, inspiradora, e irradiante de ki que condujera a la victoria. Lamentablemente, tenía una herida abierta y peor aún, ausencia total de ki. En ese estado, conducir un ejército a la batalla, sólo arrastraría la muerte innecesaria de fieles guerreros; y, aunque un samurai espera con ansias el día de su muerte al servicio de su seńor, no quería ver que los más leales integrantes de lo que fuera nuestro fuerte ejército, terminaran en una masacre sin sentido.
Fue entonces cuando, luego de hablar con los que eran míos, cabalgue solitario rumbo a las filas enemigas. Cuando tuve a su oficial al mando, negocié los términos de rendición del imperio. Al respetar la vida de los que eran míos, ofrecí la propia vida y todos los territorios y las riquezas que le quedaban al imperio.

Fui condenado a la soledad. A ser mi propio verdugo. Sólo deseaba morir con honor, cometer seppuku, pero, en la profundidad de mis entrańas tenía esperanza, quería sanar, recuperarme, para tener nuevos sueńos. Luchar de nuevo.


Ahora, mi herida ha cerrado completamente. Comprendo que ése, el que era mi imperio, no era el lugar para mí, no era mi hogar. żValió la pena tanta lucha por construirlo? żTanto esfuerzo, tantas heridas? Claro que sí, gracias a eso, el próximo será más fuerte.

Si, mi espada sigue empolvada... pero se afila... se hace más diestra, más poderosa, se prepara para levantar un nuevo imperio, de la nada.

ˇLucharé!, ˇcon total determinación!, con el corazón en el vientre, con fuego en las venas... ˇluchare!, por un nuevo sueńo, por un nuevo ideal, por un nuevo imperio, por una nueva casita.
Porque mi espada no es sólo eso, es una katana, una katana samurai!

___________
Pie de página:

*casita: el que se creía era el lugar a donde siempre se ha pertenecido,
el hogar so?ado encontrado: ****, *****, ********, los ********* y yo.
Así escribióGosaki_Hideyoshi a las12:20 a. m.  
2 Comments:
  • At 11:13 p. m., Blogger Melian said…

    Siempre que oigo a alguien hablar de samurais con tanta devoción no sé si emocionarme o asustarme. Más aún si dices que es tu alter ego. Para algunos podrá ser una manifestación más del misticismo oriental... pero hay otros que lo toman como un estilo de vida, una fuente de inspiración.

    Vacano si es así... bueno, desde que nunca te pase por la cabeza algun seppuku o harakiri. Que estés muy bien, gracias por tu visita en mi blog! Volveré seguido a saludarte.

     
  • At 9:46 p. m., Blogger Filipogs said…

    Wow.. qué desastre. La traición es peor que la derrota... pero la derrota es peor en manos del enemigo. Ya que viste la venebolencia de tu adversario no debes perder la oportunidad de empezar de nuevo...

     
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Gosaki Hideyoshi

Siempre Bushi.

Actualmente entrenando cuerpo y mente para construir un nuevo imperio, o al menos un pequeño lugar soñado.

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Bogotá, Colombia.

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VoCaBuLaRiO


Shinu Kikai O Motomo: lema samurai que significa: buscar la oportunidad para morir. El Samurai tenia su vida en alta estima, y eran muy selectivos sobre cual “causa” pondrían su vida en juego.
Bushi: Es utilizada para denominar un guerrero de alto grado, y no un samurai. La palabra samurai fue utilizada por otras clases sociales, mientras que los guerreros se llamaban a sí mismos mediante el término más digno bushi. Es una palabra chino-japonesa que significa "pequeña aristocracia armada". Un daimyo es por ejemplo un bushi, y podría aspirar el título de shogún derrotando a el shogunado reinante y reclamando el título ante emperador.
Samurai: Sofisticado guerrero japonés, el más letal del mundo para su época. Su palabra es sinónimo de servicio hasta la muerte por su daimyo o señor. Como clase guerrera, era la clase dominante, sobre comerciantes, artesanos y campesinos. Esta preparado y espera el momento para morir. Samurai procede del verbo japonés "saburau", que significa servir.
Katana:
sable largo japonés (de más de 61 cm-- normalmente con una hoja de 65cm). Arma para campo abierto.
Wakizashi: sable corto japonés (de 30 a 61 cm). Un samurai siempre porta dos espadas, una katana y un wakizashi. El wakizashi es el arma para espacios cerrados, así como para cometer seppuku.
Tanto: daga japonesa (menos de 30 cm).
Daimyo: Señor feudal japonés.
Shogún: Regente imperial japonés. Máxima figura de autoridad exceptuando al emperador, ostenta todos los poderes civiles y militares. Es prácticamente quien gobernó al Japón incluso por encima del emperador, a quien debia reclamar el título.
Ki: poder o energía interna.
Seppuku: cortarse a si mismo el vientre para morir con honor.
Ronin: Samurai sin daimyo. El más famoso fue Miyamoto Musashi. Son leyenda los 47 leales ronin de Ako, quienes luego de vengar a su asesinado señor años atrás, cometieron seppuku al mismo tiempo.
Bushido: la vía del guerrero- Bushi=Guerrero, Do=camino. Código que exige lealtad y honor hasta la muerte.
Toyotomi Hideyoshi (1537-1598): considerado uno de los más grandes guerreros japoneses, un dios en batalla. Consiguió la hazaña de completar la reunificación de Japón. Fue Regente Imperial y todo Japón le rindió obediencia. Fué traicionado después de morir por Tokugawa Ieyasu, uno de sus generales, quien no respetó a el heredero de Hideyoshi al Shogunado, quien era apenas un niño. Ieyasu no descanzó hasta matarlo años después, así como a su hijo, para que así ningun Toyotomi pudiese quitarle el shogunado que había arrebatado. (Guardo desprecio por los actos cometidos por Ieyasu). Los Tokugawa fueron los últimos en el Shogunado en la historia de Japón, dando paso a la era Meiji, donde el emperador vuelve a el poder real.
MiyamotoMusashi: Quiza el samurai más famoso, y considerado uno de los más hábiles. Duelista invicto, samurai sin señor y maestro independiente. Como guerrero de dos mundos muy diferentes, un mundo de guerra y un mundo de paz, Musashi se vio obligado a practicar ambos aspectos fundamentales de la vía del guerrero de una forma intensa, añadiendo a su trabajo una decisión y una velocidad que difícilmente pueden ser superadas. Fue el creador de la "Escuela de los dos sables"

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